Desde la prehistoria el hombre ha utilizado sus manos unidas en forma de cuenco para contener líquidos y llevárselos a la boca. A lo largo de los siglos recipientes de diferentes medidas, formatos y materiales han substituido tan rudimentaria forma de ingerir líquidos, dando lugar, incluso, a diseños particulares en función de la bebida a degustar, jarras de cerveza, copas para vinos, vasos para agua,… y, claro está, tazas para el té y el café.

Las primeras tazas tienen su origen en China y estaban destinadas para beber té. Tenían forma de cuenquitos y eran de barro origi- nariamente, aunque luego se empezaron a fabricar con arcilla y ya posteriormente con porcelana.

El origen de las tazas tal cual las conocemos hoy se remonta a dos siglos a.C., durante la época de la dinastía Han (206 a.C. – 220 d.C.), cuando los chinos descubrieron la porcelana y empezaron a utilizarla para la creación de tazas y otras vajillas.

A Europa, las tazas llegaron de mano de Marco Polo y las Cruzadas y no fue hasta finales del siglo XVII y prin- cipios del siglo XVIII que se empezaron a fabricar en el continente. Los comerciantes europeos de café imitaron los equipos y los métodos de preparación de café más habituales de Oriente Medio para vender su producto.

Esto incluyó en primera instancia, tazas al estilo de los fijans, los pequeños cuencos cónicos que tradicionalmente la cultura cafetera de la zona de Arabia, Turquía y del norte de Áfricas utilizaban para beber café. Poco después llegó la porcelana que se em- pezó a fabricar en Europa con caolín blanco de Sajonia y más adelante con el de Limoges y Sevres, disputándose fabricantes de todo el continente la autoría de las tazas más elegantes y sofisticadas.

Desde su adopción como recipiente para beber café, las tazas en el Viejo Continente fueron durante muchos años consideradas un símbolo de status, ligado a la realeza y a las clases más altas que las utilizaban para disfrutar del nuevo lujo que era el café. La democratización del café llevó consigo la democratización también, de las tazas de café que a lo largo de la historia, sin embargo, han continuado teniendo un papel desta- cado en el patrimonio de todas las familias europeas.

Actualmente en el mercado se encuentran tazas fabricadas con múltiples materiales, siendo las más habituales para el servicio de café, las tazas de porcelana, gres y loza.

EL PLATO Y EL ASA DE LA TAZA DE CAFÉ

Si los orígenes de la taza son inmemoriales, los del plato que la acompañan son más recientes. Su uso se estima que se inició alrededor del siglo XVIII y se atribuye a los ingleses el “invento” en cuestión.

El objetivo inicial de este platito parece que no era otro que el de enfriar el café. El líquido era vertido de la cafetera a la taza y a continuación cada persona lo vertía sobre su platito que, evidentemente, en aquella época eran mucho más hondo que los actuales.

Como la superficie del plato era mayor al de la taza, el café se enfriaba más rápidamente y con ello se facilitaba su degustación que se hacía desde el propio plato, relegando a la taza a una función de mero contenedor.

Esta costumbre no perduró mucho en el tiempo y en buena parte esto fue así, por la incorporación del asa a la taza de café que acabó con el plato como recipiente de degustación. A partir de entonces, el plato adquirió la nueva utilidad de soporte para la cucharilla y el azúcar y como medio de transporte de la taza de un lugar a otro.

El asa fue el último elemento que se sumó a la taza y aunque no existe literatura concreta sobre el tema, lo que es fácilmente deducible es que esta parte arqueada se incorporó como medida para manipular la taza de una forma mucho más cómoda y sin peligro de quemaduras.

Es así, que el asa debe ser cómoda y permitir cogerla con el pulgar y el índice, apoyarla en el medio, sin esfuerzo ni tensión desmesurada (un café con leche puede pesar un cuarto de kilo) y sobre todo sin que se nos obligue a quemarnos por tocar el cuerpo de la taza.

En las tazas de porcelana, el asa se pega con la misma barbotina – pasta de feldespato y caolín – que se utiliza para la fabricación del cuerpo. Una vez está ya enganchada, la taza se refina y pule, sobre todo el asa, a la que previamente se la ha librado de las rebabas del molde. La taza en este momento tiene una textura denominada “cuero” por su semejanza con este material.

En el momento en que ya tenemos la taza “montada”, se somete la pieza a una primera cocida que llegará hasta los 1.000oC. A continuación, se sumerge en el esmalte escogido y la taza vuelve al horno donde el esmalte vitrificará a 1.385oC, en una atmosfera reductora (libre de oxígeno por la introducción del gas de combustión). De este modo se elimina la porosidad de la taza y se le dan sus cualidades características: dureza de la pieza y del esmalte, y brillo y traslucidez de la porcelana.

¿DE DÓNDE PROVIENE EL NOMBRE “TAZA”?

A pesar de que no existe una afirmación categórica, todo apunta que el origen de la palabra “taza” tiene sello español. Y es que aunque la etimología de la palabra proviene del vocablo persa “tast”, que significa “cuenco”, este derivó en árabe a “tassah”, una palabra que fue introducida en la península en la época del Al-Andalus y desde donde viajó al resto de Europa y del mundo.